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Nota de Prensa

carles congost
portrait as a club kid

Girbent reincide aquí en unos de sus temas predilectos: su fascinación por los museos y por la tradición pictórica occidental.

Con esta propuesta, Girbent deja de lado el tema de la réplica entendida como un clon susceptible de funcionar como un sustituto perceptualmente indistinguible del original. El plan es ahora otro, de naturaleza harto distinta: el artista no se plantea la copia exacta de un Vermeer sino la representación/repetición a tamaño natural de una serie de paredes cuidadosamente escogidas: en concreto, fragmentos (190x190 cm) de muros de diversos museos del mundo. En este caso, muros en los que se exhiben las siete obras maestras de Vermeer más unánimemente aclamadas.

De ello se deriva que el objetivo aquí no es la réplica de un objeto, sino de un entorno. Lo que Girbent pinta aquí es un paisaje... o algo a medio camino entre un paisaje y una naturaleza muerta. Una naturaleza muerta que incluye un cuadro, esto es, una pintura pintada (no podemos evitar un estremecimiento cuando intuimos cuan vertiginosa podría llegar a ser esta recursión). Por otro lado, algunos de los Vermeer representados incluyen a su vez pinturas pintadas…

Lo que Girbent mete entre el marco pintado de la obra maestra representada y el marco (si lo hubiera) de su propia pintura física -esto es, entre los dos límites de las dos pinturas, la pintada y la real- es el mundo.

El artista pinta algo que en absoluto parece, a primera vista, innovador: un fragmento de espacio/tiempo iluminado por una determinada luz: una duración, que diría Bergson... pero, como veremos, una duración con aires de eternidad.

Al replicar el fragmento de muro y la pintura que contiene, el artista lo que pinta en esta ocasión es un aspecto de dicha pintura, renunciando a la réplica del objeto absoluto para plasmar un punto de vista- una mirada- sobre dicho objeto. Podría parecer que ello nos retrotrae a los preceptos de la pintura impresionista... pero Girbent elude esta implicación eliminando de su pintura todo lo que no es esencial, toda distracción: decide trabajar solo con tres elementos -pintura, marco, pared- y repetirlos a tamaño real, para a continuación ensamblarlos perfectamente a partir de los pertinentes efectos de luz. El artista crea así un potente efecto óptico, una sensación visual cercana al trampantojo.

Si analizamos con la suficiente atención la operación, nos damos cuenta de que esta tiene más de construcción que de impresión: de hecho, el artista primero se centra en la obra maestra, que coloca en el centro de su tela en sus dimensiones originales. Luego, alrededor de la pintura hace surgir, a proporción, un marco... y alrededor del marco, la pared, esto es, el espacio: un espacio (y un tiempo) en el que la obra maestra se incrusta ... Un mundo ha surgido a partir de un centro, se ha tejido alrededor de un vórtice, la pintura pintada: una estrella dotada de su propio poder de atracción.

Estamos ante un interesante punto medio logrado entre dos modelos aparentemente antagónicos: instante pintado versus esencialismo atemporal. Las pinturas pintadas incrustadas en estas obras de Girbent son parte de un instante sensible captado en el transcurso inexorable del tiempo... pero simultáneamente estas obras destilan atemporalidad: en su sereno silencio y su radical esencialidad remiten a lo eterno.

No son estas las únicas síntesis afortunadas (entre paisaje y naturaleza muerta, entre impresión y esencialidad, entre instante y atemporalidad) que el artista alcanza en esta serie. Girbent parece haber alcanzado también un muy interesante punto medio entre la tradición y lo contemporáneo: no es descartable que precisamente en ello resida la irreductible singularidad de estas pinturas

Arturo Castro

 


 
     
 
 
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